Albert Esteruelas Teixidó (2015)

Simposio La Pedagogía ante la Muerte (Valladolid)

Boltanski

Christian Boltanski

Muerto dios, muerto el hombre y agonizantes los relatos modernos, la economía ha pasado a ser la medida de todas las cosas. Si en los tiempos modernos la fuerza muscular, guiada por la inteligencia, había sido el factor de supervivencia, la economía, paulatinamente se ha erigido en la posibilidad del hombre en la sociedad. Camuflada bajo la forma de la libre competencia, la economía se ha transformado en la característica humana que nos ha acercado a la vida natural. Todos los valores como en el campo, como en el gueto, van reduciéndose, empequeñeciéndose y humillándose, al simple y único de permanecer con vida deviniendo este, y no otro, el valor-motor de la ética en las sociedades neoliberales.
Fagocitada la sociedad, siendo la economía puro libre mercado, ya no dispone de un hors du nomos. Si en Hobbes el estado de naturaleza sobrevive en la figura del soberano, como indicó Agamben (2010, 51), en nuestras sociedades postmodernas es la economía, en tanto que fuerza de sumisión de los destinos, el nomos de la humanidad.
En esta comunicación indagamos la forma en que una cierta pedagogía –que ha devenido mayoritaria–, a fuerza de responder a las «demandas» sociales de adaptación, de utilidad y de pragmatismo, ha acabado por construir el infrahombre; en definitiva, se trata de describir el proceso por el cual la pedagogía ha transitado de la construcción del hombre, de la cultura, de la sociedad, de la utopía, de la vida; a la del infrahombre, de la naturaleza, de la economía, de la distopía, de la muerte. Describiremos, pues, cómo la pedagogía se está acercando inexorablemente a la pedagogía de la muerte.
Para realizar este estudio, nos adentraremos en el experimento y el horror de los campos de concentración en tanto que paradigma de la producción del hombre-naturaleza, del infrahombre. Veremos cómo la interpretación mayoritaria del campo de concentración como paradigma de lo moderno resulta insuficiente para describir las prácticas de vida y muerte que allí se produjeron. Los campos y el gueto no solo no fueron fruto de la modernidad, sino que podríamos considerarlos como los cimientos de la posmodernidad.
Hay que denunciar el retrato de los campos, como una fábrica de producción de la muerte, una interpretación avalada por las aportaciones de Max Weber sobre la burocracia y con la inestimable colaboración de Bauman en Modernidad y Holocausto; duda, el proceso burocrático fue la forma que adoptó la Shoa, pero los campos funcionaron como una fábrica de producir la animalización del hombre, el infrahombre. Si la Shoah se produjo con el anhídrido carbónico en los camiones y el gas Zyclón en las cámaras de gas, la animalización se alimentó de darwinismo, competencia y lucha por la vida. La sociedad que fue el campo se encuentra a caballo de la comunidad humana y la comunidad natural, sin decantarse en un sentido u otro. Comunidad humana para «superiores», para aquellos que se encargan de administrar la opresión; comunidad animal para «inferiores», para quienes no siendo dignos de la humanidad deben ser «dignificados» en la pura animalidad.
A partir del funcionamiento del campo intentaremos detectar todas aquellas prácticas sociales, seguidas por la pedagogía, que en el funcionamiento social de las sociedades postmodernas se encuentran en el campo y en el gueto. Finalmente, nos adentraremos, en la forma de educar a los hombres para la muerte, pedagogía que genera el infrahombre.

El nacimiento del infrahombre:

Deberíamos comenzar por recordar que lo que mejor define al campo, como indicó Agamben (2005, 74), no es solamente la negación de la vida, sino la negación de la muerte, recordar «que ni la muerte ni el número de víctimas agotan en modo alguno su horror, que la dignidad ofendida no es la de la vida, sino la de la muerte». Es precisamente este no morir el destino que el infrahombre compartía con esa enigmática figura que se ha descrito en los campos de concentración: el musulmán. Aquellos cuya supervivencia les aseguraba, paradójicamente, la aniquilación (Agamben, 2005, 89). Aunque todavía no hubiera alcanzado la muerte física al musulmán, su intelecto ya no se encontraba en el reino de los vivos, agotado o moribundo (Levi, 1995, 120-121). La muerte si es moría en el proceso de selección o, posteriormente, se moría en el vivir del campo. En el proceso de deshumanización del Lager, no era idéntico morir al principio que en la frontera, o más allá, del espacio del musulmán.
En Auschwitz, efectivamente, no se moría, en la fábrica que era el campo se producían cadáveres, cadáveres sin muerte (Agamben, 2005, 74).
Como escribió Finkielkraut (1998, 107), en Auschwitz había cadáveres vivos y muertos. El campo, como el gueto, generó cadáveres sin muerte, zombis; la cámara de gas, por contra, produjo cadáveres muertos. La cámara de gas proporcionaba, generalmente, una muerte humana, con el resto de humanidad excedente del viaje en los vagones para animales, si es que era posible todavía algún tipo de excedente de humanidad; pero en el campo morían los infrahombres, aquellos que en tanto que subhombres tuvieron una subvida, de la misma forma que tendrían una submuerte, una muerte de una vida más marcada por la Historia que por la dignidad.
Porque no puede morir completamente aquello que no está completamente vivo. Solo el hombre puede morir humanamente, solo el hombre promueve la compasión y solo el infrahombre, el hombre degradado de su humanidad, permite el asesinato tranquilo, sin remordimientos, asesinato con infraconciencia, la única conciencia que puede poseer el infrahombre. En la muerte, sin embargo, hombre e infrahombre, culto e ignorante, civilizado o bárbaro, son iguales. No existen diferencias en la muerte. Pero solo los hombres piensan en la muerte; en la pura biología, en la nuda supervivencia solo se piensa en algo que, no siendo vida, no es todavía muerte: «Casi nunca tuve tiempo que dedicar a la muerte; tenía otras cosas en las que pensar, encontrar un poco de pan, descansar del trabajo demoledor, remendarme los zapatos, robar una escoba, interpretar los gestos y las caras que me rodeaban. Los objetivos de la vida son la mejor defensa contra la muerte: no sólo en el Lager» (Levi, 1995, 127).
La condición infrahumana es la que corresponde a los tiempos postmodernos, puesto que la postmodernidad se caracteriza por la pérdida de fe de los grandes relatos de la modernidad. Torturado en los campos y en el gueto, el hombre no recuperará nunca más la fe en la humanidad (Levi, 1995, 22): he aquí el fruto de la biopolítica nazi inscrito en un continuo biológico (Agamben, 2001, 89). El habitante del inframundo no es, en consecuencia, un hombre moderno, todo lo contrario, es ya el anuncio de la postmodernidad, hombre sin relato de la vida y sin fe. La pérdida del hombre sumido en la posmodernidad es, de alguna manera, el infrahombre.
El pesimismo es el humo de la fe que transcurre por el ancho de la chimenea. Por eso, solamente los creyentes, aquellos que mantuvieron la fe y el sentido de la vida, mantuvieron una parte de la humanidad que la gobernabilidad del campo luchaba por hacerla desaparecer: «(…) en el suplicio de la vida diaria, los creyentes vivían mejor» (Levi, 1995, 125).
El infrahombre es el habitante del campo, el que como el musulmán también habita la zona de la despiadada transformación de la personalidad de los internos, la zona a la que aboca la situación extrema. El campo como metáfora de los habitantes de las sociedades postlaborales. En el Lager los hombres y mujeres que entran van diluyéndose en su humanidad;devienen presas cuya humanidad está permanentemente en duda enterrada «bajo la ofensa sufrida o infligida a los demás» (Levi, 2008, 166).
El infrahombre más que ser una sombra entre el hombre y el no hombre (Agamben, 2005, 41-89), es una sombra que transita entre el hombre y el musulmán. Un detalle que desgraciadamente Giorgio Agamben no ha caracterizado. Sus aportaciones, numerosas e imprescindibles, se centran en la figura del musulmán, pero no aborda el tema del infrahombre que, a nuestro entender, se ha hecho indispensable para comprender nuestra sociedad y los Lager. Sin infrahombre no se puede entender Auschwitz. La infrahumanidad, en tanto que forma parte de la humanidad, admite grados y también direcciones. Es infrahumano el que inflige ofensa y el que oprime.
Si todos los hombres vivimos una vida azarosa, una vida difícil de determinar, de guiar, de escoger personalmente; desgraciadamente, el infrahombre es aquel que vive una vida que es puro azar, pura provisionalidad, pura y nuda transitoriedad, como los individuos de la vida (Levi, 2008, 181). Esta transitoriedad, no obstante, es la que corresponde al campo y al gueto, pero que nada hace pensar que sea un estado permanente: la transitoriedad es transitoria; esta es la ilusión vana que transforma el momento en terrible. Y aquí encontramos una de las claves de la derrota de la resistencia: pensar que la realidad nos puede dejar de aprisionar por unos instantes, una respiración de aire fresco, una noticia de la familia, un contrato laboral.
Estos efectos deshumanizadores de la transitoriedad eran conocidos por los nazis: «El no saber cuánto iba a durar el encarcelamiento era algo que nunca podían asimilar, algo que los agotaba y que quebrantaba la voluntad más firme» (Cordero de Ciria, 2010, 134). No existe realidad más real que la transitoriedad. Como los refugiados (Bauman, 2011, 54). La vergüenza y la culpa son anclas de la infrahumanidad tanto o más pesadas que la transitoriedad.
En el Lager la vida misma se ha externalizado. Pertenece al azar del campo. Pero el hombre es esencialmente aquel que tiene una ilusión: la de determinar su propia vida. Es también una esperanza. En el campo, la esperanza y a ilusión han desaparecido: el hombre, no pudiendo dejar de ser hombre se ha externalizado también a sí mismo. Es la caída en el tiempo.
Es el final. Es la pedagogía al servicio del mercado.

Conclusión

Si abordamos este tema ahora es por su enorme actualidad, porque el origen del musulmán lo encontramos en la animalización del ser en los campos, en la reducción a la pura y nuda vida, a la vida darwinista de las sociedades posliberales, a la vida biológica, fisiológica, médica. Si el hombre es competencia y colaboración, el infrahombre es pura lucha por la existencia, pura licuación, pura y nuda supervivencia, «es (…) el ejemplar humano más idóneo para esta manera de vivir» (Levi, 2008, 133). Pura adaptación darwinista: «En el Lager, donde el hombre está solo y la lucha por la vida se reduce a su mecanismo primordial, esta ley inicua está abiertamente en vigor, todos la reconocen» (Levi, 2008, 120; la traducción es nuestra).
La pedagogía tiene un reto. La pedagogía de la sociedad posmoderna tiene un reto, el reto de la resistencia a la animalización del hombre, a la condición infrahumana. Dicha resistencia deberá ser una resistencia a la reducción de la pedagogía a la economía, a la ciencia experimental; una resistencia al campo y al gueto.
La condición infrahumana es la que corresponde a los tiempos postmodernos, puesto que la postmodernidad se caracteriza por la pérdida de fe de los grandes relatos de la modernidad. Torturado en los campos y en el gueto, el hombre no recuperará nunca más la fe en la humani-dad (Levi, 1995, 22): he aquí el fruto de la biopolítica nazi inscrito en un continuo biológico (Agamben, 2001, 89). El habitante del inframundo no es, en consecuencia, un hombre moderno, todo lo contrario, es ya el anuncio de la postmodernidad, hombre sin relato de la vida y sin fe. La pérdida del hombree sumido en la posmodernidad es, de alguna manera, el infrahombre. El pesimismo es el humo de la fe que transcurre por el ancho de la chimenea. Por eso, solamente los creyentes, aquellos que mantuvieron la fe y el sentido de la vida, mantuvieron una parte de la humanidad que la gobernabilidad del campo luchaba por hacerla desaparecer: «(…) en el suplicio de la vida diaria, los creyentes vivían mejor» (Levi, 1995, 125).
El campo como metáfora de los habitantes de las sociedades poslaborales. El infrahombre es la degradación, condición infrahumana que se genera cuando se vive en una sociedad sometido al poder absoluto, al poder del hecho, que nos rebaja y nos empequeñece. Podríamos decir que en tanto que hombre-animal ha sido eliminado de la naturaleza haciéndole adoptar la forma del infrahombre, un hombre en una sociedad que, en tanto que no elimina por completo al hombre, todavía se lee como sociedad y no como naturaleza, pero que en la medida que lo degrada permite fundar un tercer reino: la sociedad neoliberal, con sus nuevos musulmanes.
Infrahombres que no son el fruto de una transformación planificada, como explicó Primo Levi (2000, 97-98), sino «la consecuencia lógica del sistema: un régimen inhumano difunde y extiende su inhumanidad en todas las direcciones, y especialmente hacia abajo, a menos que haya resistencias o temperamentos excepcionales, corrompe tanto a las víctimas con a sus victimarios». En definitiva, el campo, como el neoliberalismo, representó una cosmovisión, una ideología. El campo, como el neoliberalismo, es la subyugación del hombre a la idea, ya sea al libre mercado o al darwinismo social, o a las dos; es la falta de control y planificación.
La solución final pretendía un territorio judenfrei. A medida que se extendía el territorio alemán el objetivo de alejar a los judíos devenía más difícil. Se intuyó que solamente el exterminio permitiría conseguir el objetivo. Hoy las necesidades de la libre economía de no cargar con cargas humanas no deberían adoptar la forma contemporánea del exterminio sino la del exilio y el encierro. La solución final es la aniquilación de la protección sin alternativa, la aniquilación de nuestra humanidad, de la democracia, de la cultura.
Quizá Alemania ganó la guerra.

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