Mes: abril 2014

INFLUENCIA DE LAS TEORÍAS NEUROPSICOLÓGICAS EN LA COMPRENSIÓN DE LA INTELIGENCIA, LA IMPORTANCIA DE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL EN EL RAZONAMIENTO.         

  “Cuando negamos nuestras propias emociones generamos un sufrimiento en nosotros mismos o en los demás que ninguna razón puede disolver”. (Maturana, 1993, p., 26).

A lo largo de la historia de la cultura occidental, cognición y emoción  han sido considerados procesos independientes, en muchos casos contrapuestos. Ya los griegos distinguían entre ‘Pasión’ y ‘Razón’, separando así el pensamiento de los sentimientos. En la concepción de la mente (el alma) para el mundo griego y la posterior cultura judeocristiana, Razón y Pasión mantienen un cierto antagonismo. El intelecto superior debe controlar las pasiones, al ser éstas emociones desbocadas, que enturbian la capacidad de pensar con claridad y asociadas casi siempre al pecado y la culpa.

Solo en tiempos más recientes y gracias a las influyentes aportaciones de científicos y neurólogos como Joseph LeDoux y Antonio Damasio, se ha aceptado considerar que la consciencia no es el único elemento que ocupa la mente o, dicho de otro modo, que el cerebro, cuya operación produce lo que llamamos el pensamiento consciente, es igualmente el origen de las emociones.

Lo que a simple  vista puede parecer en el caso de la cognición, es que el soporte físico del cuerpo es irrelevante, mientras que parece resultar fundamental para las emociones, parece a la luz de las últimas experimentaciones, un error en su planteamiento,  cada vez se acepta mas la interpretación de que tanto en la emoción como en la cognición, tras los componentes conscientes subyacen e interaccionan toda una serie de mecanismos cerebrales no conscientes, que determinan de manera decisiva las características conscientes del pensamiento y la emoción.

No podemos hablar entonces de la inteligencia emocional en contraposición a la inteligencia racional, como si se dispusiesen en dimensiones antagónicas en el psiquismo humano:

Maturana (1995, Realidad ¿objetiva o construida?, p.19) nos recuerda que con frecuencia se nos dice que debemos controlar nuestras emociones y comportamientos de manera racional, especialmente cuando somos niños o mujeres, y el que nos habla desea que nos conduzcamos de acuerdo a alguna norma a su elección. Vivimos en una cultura que contrapone emoción y razón como si se tratase de dimensiones antagónicas del espacio psíquico; hablamos como si lo emocional negase lo racional y decimos que lo racional define a lo humano.

Al mismo tiempo sabemos que cuando negamos nuestras emociones generamos un sufrimiento en nosotros o los demás que ninguna razón puede disolver. Por último, cuando estamos en algún desacuerdo, decimos en el fragor del enejo, que debemos resolver nuestras diferencias conversando, y, de hecho, si lo logramos, el conversar puede tornar las emociones y el desacuerdo, o se desvanece o se transforma con o sin lucha en la discrepancia respetable.

El autor sostiene que aunque lo racional nos diferencie de otros animales en el linaje homínido a que pertenecemos, en la conservación de un modo particular de vivir el enlazamiento de lo emocional y lo racional que aparece expresado en nuestra habilidad de resolver nuestras diferencias emocionales y racionales conversando.

Es debido a esto que considera central para la comprensión de lo humano, tanto en la salud como en el sufrimiento psíquico o somático, entender la participación del lenguaje y de las emociones en lo que en la vida cotidiana connotamos con la palabra conversar. La palabra conversar, viene de la unión de dos raíces latinas, cum, que quiere decir “con” y versare que quiere decir “dar vueltas”, de modo que conversar en su origen significa “dar vueltas con otro”, por tanto ¿qué ocurre en el dar vueltas juntos de los que conversan, y qué pasa allí con las emociones, el lenguaje y la razón?

El lenguaje como fenómeno biológico consiste en un fluir en interacciones recurrentes que constituyen un sistema de coordinaciones conductuales consensuales de coordinaciones conductuales consensuales (Maturana, 1978 y 1988). De esto resulta que el lenguaje como proceso no tiene lugar en el cuerpo (sistema nervioso) de los participantes en él, sino que en el espacio de coordinaciones conductuales consensuales que se constituyen en el fluir de sus encuentros corporales recurrentes. Ninguna conducta, ningún gesto o postura corporal particular constituye por sí sola un elemento de lenguaje, sino que es parte de él sólo en la medida en que pertenecen a un fluir coordinado conductuales consensuales. Las palabras son por tanto, modos de coordinaciones conductuales consensuales, y es por eso que un observador hace al asignar significados a los gestos, sonidos, conductas y posturas corporales, que él o ella distingue como palabras es connotar o referirse a las relaciones de coordinaciones conductuales consensuales en el que ve que tales gestos, sonidos, conductas o posturas corporales, participan.

En estas circunstancias lo que un observados ve como el contenido de un lenguajear particular está en el curso que siguen las coordinaciones conductuales consensuales, que al lenguajear involucra en relación con el momento en la historia de interacciones en que ellas tienen lugar, y que a su vez es función del curso que siguen esas mismas coordinaciones conductuales en el momento de realizarse. Al mismo tiempo, como en sus encuentros corporales los participantes en el lenguaje se gatillan mutuamente cambios estructurales que modulan sus respectivas dinámicas estructurales, estos cambios estructurales siguen a su vez otros cursos contingentes al curso que siguen las interacciones recurrentes de los participantes en el lenguajear.

Como los seres vivos en general, y los seres humanos en particular, somos multidimensionales en nuestra dinámica estructural y de relaciones que vivimos en nuestra corporalidad la intersección de muchos homínidos de interacciones que gatillan en ella cambios estructurales que pertenecen a cursos operacionales diferentes. De esto resulta que el curso de nuestro lenguajear puede ser en cada instante también contingente a muchas dimensiones de la dinámica de interacciones que no tienen que ver directamente con lo que ocurre en él; y, viceversa, de esto también resulta que en todo momento nuestras interacciones fuera del dominio de nuestro lenguajear de ese momento sean contingentes al curso de nuestro lenguajear.

Cualquier cambio en el operar de un organismo con respecto a un entorno, en cualquier dominio, en el que el observador distinga ese operar o cambio de operar, es una conducta o acción en ese dominio. Al mismo tiempo, los seres humanos vivimos cualquier espacio conductual o de acciones como un espacio experiencial del lenguaje al movernos en él en la recursión de las coordinaciones conductuales 8de acciones) que lo constituyen, y desde las cuales lo distinguimos.

Esto es posible porque, debido al cierre operacional del sistema nervioso (ver Maturana 1983), todos los dominios de acciones o conductas humanos se realizan en el sistema nervioso como dominios de correlaciones internas que aparecen en las distinciones de un observador como correlaciones senso-motoras en un espacio de relaciones corporales. Es decir, los distintos dominios de experiencias humanos son distintos dominios de correlaciones internas que en el espacio de distintos dominios de experiencias humanos son distintos dominios  de correlaciones senso-motoras que configuran distintos sistemas de coordinaciones conductuales en el lenguaje.

 

Algunas de las consecuencias que el autor señala dentro del quehacer humano den las conversaciones del convivir son:

1. Decir que todo quehacer humano se da en el conversar es decir que todo quehacer humano, cualquiera que sea el dominio experiencial en que tiene lugar, desde el que constituye el espacio físico hasta el que constituye el espacio místico, se da como un fluir de coordinaciones conductuales consensuales, en un entrelazamiento consensual con un fluir emocional que también puede ser consensual. Por eso los distintos quehaceres humanos se distinguen tanto por el dominio experiencial en el que tienen lugar las acciones que los constituyen, como por el fluir emocional que involucran, y de hecho se dan en la convivencia como distintas redes de comunicaciones.

2. El emocionar humano tiene su origen en el emocionar de los mamíferos y de los primates, por seo admite la modulación consensual en el curso de las coordinaciones conductuales tanto fuera como dentro del lenguaje; por esto también nuestro fluir emocional tiene giros o cambios espontáneos que nos parecen completamente fuera de nuestra historia de convivencia consensual. Al mismo tiempo, como todo cambio emocional es un cambio de dominio de acciones y, por lo tanto, de dominio racional, debido a nuestro fluir emocional no consensual o a nuestro fluir emocional consensual fuera del lenguaje, resulta que muchas veces nuestro discurso y nuestro razonar cambian de manera que nos parece ajena al curso que un momento antes seguía nuestro conversar y, nos encontramos en un emocionar y un razonar que nos parecen inesperados aún después de una reflexión posterior. Un observador puede describir tales cambios como el resultado de una dinámica emocional inconsciente porque surgen fuera de la consensualidad del conversar y, por lo tanto, fuera de la operacionalidad de un origen consensual accesible a la reflexión inmediata. En resumen, en nuestra vida cotidiana el entrelazamiento de nuestro emocionar sigue un curso contingente tanto a nuestro conversar como a nuestra dinámica interna y a nuestras interacciones fuera del lenguaje, pero que en general, a través de la reflexión puede traerse al conversar.

3. Hay tantos tipos de conversaciones como modo recurrentes  de fluir en el entrelazamiento del emocionar y del lenguajear se dan en los distintos modos de ser seres humanos en la soledad individual y en la compañía de la convivencia, se configuran como distintos tipos de conversaciones según las emociones involucradas, las acciones coordinadas, y los dominios operacionales en la praxis del vivir en el que tienen lugar. Al mismo tiempo en la multidimensionalidad del mundo relacional humano en el lenguaje, los distintos espacios operacionales que se configuran en la recursión de las coordinaciones conductuales consensuales dan origen a dominios emocionales que no existen de otra manera. Señala en este caso algunos tipos de conversaciones que sirven para ilustrar las diferencias entre la involucración de las emociones en la comunicación homínida que no se da en el resto de los mamíferos:

a) Una cultura es una red de conversaciones que definen un  modo de vivir, un modo de estar orientado en el existir tanto en el ámbito humano como no humano, e involucra un modo de actuar, un modo de emocionar, y un modo de crecer en el actuar y emocionar. Se crece en una cultura viviendo en ella como en un tipo particular de ser humano en la red de conversaciones que la define. Por eso, los miembros de una cultura viven la red de conversaciones que la constituyen sin esfuerzo, como un trasfondo natural y espontáneo, como lo dado en que uno se encuentra por el solo hecho de ser, independientemente de los sistemas sociales y no sociales a que se pueda pertenecer en ella.

b) Los distintos sistemas de convivencia que constituimos en la vida cotidiana se diferencian en a emoción que especifica el espacio básico de acciones en que se dan nuestras relaciones con el otro y con nosotros mismos. Así tenemos:1) sistemas sociales, que son sistemas de convivencia constituidos bajo la emoción amor, que es la emoción que constituye el espacio de acciones de aceptación del otro en la convivencia. Según esto, sistemas de convivencia fundados en una emoción distinta del amor no son sistemas sociales; 2) sistemas de trabajo, que son sistemas de convivencia constituidos bajo la emoción que constituye las acciones de autonegación y negación al otro en la aceptación del sometimiento propio o del otro en una dinámica de orden y obediencia. Según esto, los sistemas jerárquicos no son sistemas sociales. Naturalmente, hay otros sistemas de convivencia fundados en otras emociones, pero lo que cabe destacar ahora es que cada uno de ellos se constituye como una red particular de conversaciones que configura un modo particular de emocionar a partir de la emoción definitoria básica.

4. Hay conversaciones que estabilizan dinámicas emocionales particulares como resultado del modo particular de entrelazamiento del lenguajear y emocionar que las constituyen.

5. Los seres humanos somos multidimensionales en nuestros dominios de interacciones y en nuestra dinámica interna, por esto participamos siempre en muchas conversaciones que se entrecruzan en nuestra dinámica corporal simultánea o sucesivamente. El principal resultado de esto, es que el emocionar de una conversación afecta al emocionar de otra, de modo que se producen cambios en el curso de las conversaciones que se entrecruzan que no tiene su origen en el ámbito relacional en que ocurren. Cuando esto pasa, los cambios en el actuar y/o razonar que se producen en los distintos dominios operacionales en que se dan las distintas conversaciones aparecen, tanto para el actor como para el observador, como inesperados e injustificables desde ellas, y pueden ser tratados por éstos como actos originales, creativos, arbitrarios, o locos, según sea la escucha y la explicación que se den sobre su origen a sufrimiento o fallas en la realización de algunas tareas. Así, por ejemplo, si estoy en la realización de una cierta tarea y noto que alguien me observa, puedo entrar en dos conversaciones cuyas dinámicas emocionales se entrecruzan. Cuando esto pasa, como no nos damos cuenta de que en ese momento nuestro emocionar surge del entrecruzamiento de dos conversaciones y no vemos su origen en nuestro quehacer, adscribimos nuestro desencanto o desagrado a las circunstancias en que se da nuestro quehacer y las acusamos de interferir con él.

6. La mayor parte de nuestros sufrimientos surgen de conversaciones recurrentes o de entrecruzamientos de conversaciones que nos llevan de manera repetida a operar en dominios contradictorios de acciones. Esto mismo sin embargo, hace posible la terapia conversacional que se participa en psicología. En la medida en que el sufrimiento surge del vivir recurrentemente espacios de acciones contradictorias continuamente generados en el emocionar de conversaciones recurrentes o en el entrecruzamiento de conversaciones, es posible disolver el sufrimiento con conversaciones que interfieran con la recurrencia o con  el entrecruzamiento de dichas conversaciones.

El darse cuenta que los seres humanos existimos como tales en el entrecruzamiento de muchas conversaciones en muchos dominios operacionales distintos que configuran muchos dominios de realidades  diferentes, es particularmente significativo porque nos permite recuperar lo emocional como un ámbito fundamental de nuestro ser seres humanos. En la historia evolutiva se configura lo humano con el conversar al surgir el lenguaje como un operar recursivo en las coordinaciones  conductuales consensuales que se da en el ámbito de un modo particular de vivir en el fluir del co-emocionar de los miembros de un grupo particular de primates.

Por esto, al surgir el conversar con el surgimiento del lenguaje, lo humano queda fundado de otra manera inextricable con la participación básica del emocionar. En la fantasía de la cultura patriarcal a que pertenecemos en Occidente las emociones han sido desvalorizadas a favor de la razón como si ésta pudiese existir con independencia o en contraposición a ellas. El reconocer que lo humano se realiza en el entrecruzamiento del lenguajear y el emocionar que surge con el lenguaje, nos entrega la posibilidad de reintegrarnos en estas dos dimensiones con una comprensión más total de los procesos que constituyen en nuestro ser cotidiano, así como la posibilidad de respetar en su legitimidad a estos dos aspectos de nuestro ser.

En el conversar surge lo racional como el modo de estar en el fluir de las coherencias operacionales de las coordinaciones conductuales consensuales del lenguajear.  Sin embargo,  la efectividad del razonar en el guiar de las coordinaciones de acciones de hacer técnico nos ciega ante el fundamento de lo racional, y transforma, desde su pretensión de no arbitrariedad, a cualquier afirmación racional en una petición de obediencia al otro que limita nuestras posibilidades de reflexión porque nos impide vernos en la dinámica emocional del conversar. Esto es importante porque, aunque parezca extraño, al hacernos cargo de la participación de las emociones como fundamento de cualquier sistema racional en el fluir del conversar, obtenemos el verdadero valor de la razón en la comprensión de lo humano.

Finalmente, el darse cuenta del entrelazamiento entre el emocionar y el lenguajear de todo conversar y, por lo tanto, que todo quehacer humano es, da fundamento a la comprensión de dos dimensiones adicionales del ser humano, esto es, la responsabilidad y la libertad: a)somos responsables en el momento en que en nuestra reflexión nos damos cuenta de si queremos las consecuencias de nuestras acciones; y b) somos libres en el momento en que en nuestras reflexiones sobre nuestro quehacer nos damos cuenta de si queremos o no queremos nuestro querer o no querer las consecuencias de este, y nos hacemos cargo de que nuestro querer o no querer las consecuencias de nuestras acciones puede cambiar nuestro quererlas o no quererlas. En estas circunstancias, tal vez lo más iluminador de estas reflexiones sobre la ontología del conversar, esté en el darse cuenta de que la comprensión racional de lo más fundamental del vivir humano, que está en la responsabilidad y la libertad, surja desde la reflexión sobre el emocionar que nos muestra el fundamento no racional de lo racional.

La educación emocional se ha abierto paso poco a poco en los centros educativos. Cada vez son más los programas y las medidas que se toman en relación al desarrollo de habilidades y competencias emocionales. No obstante, dentro de estos programas, son pocas las veces en las que se recogen contenidos relacionados con la tolerancia a la pérdida o con el afrontamiento de situaciones adversas.

Autoras como Mar Cortina señalan las aportaciones que conlleva el vivir con conciencia de finitud:

– Motivación para la acción: es fundamentalmente la percepción de miedo ante la muerte la que desencadena reacciones como la huída y la evasión o por el contrario la de parálisis ante la vida que nos queda, el que vive sin temer la muerte se ve estimulado por aprovechar los días, por vivir cada momento.

– Redefinición del concepto de valor: frente a la acumulación de bienes materiales o éxitos profesionales, en realidad lo que dejamos tras nosotros tendrá tanta profundidad como profunda sea nuestra conciencia de la muerte.

– Reelabora el concepto de libertad: en palabras de Jaspers únicamente hay libertad desde la aceptación profunda de mis condicionamientos, es decir, del límite, en este caso, de la muerte.

– Confiere orientación a la vida: La muerte no es, en rigor una amenaza aterradora, puede ser contemplada como una certeza positiva en tanto que configura globalmente la vida de cada uno, la intensifica. Ayuda a valorar lo que elegimos, nos ayuda a descubrir aquello que vale por sí mismo: las personas con las que convivimos y amamos. Todos los demás componentes de la vida, ante la muerte pasan a un segundo plano. Frente a la muerte se pone a prueba el valor de los proyectos. La certidumbre de la muerte nos pone cara a cara, queramos o no, con la escala de valores que rigen nuestra vida.

– Da sentido al compromiso y responsabilidad social: el estar disponible al otro, del realizar acciones que contribuyan a aminorar las desigualdades, del asumir nuestra parte de responsabilidad moral ante las injusticias y hacer nuestra contribución para que el mundo sea menos inhóspito.

– Fomenta el pensamiento crítico, la perplejidad, la decisión individual y por lo tanto la responsabilidad.

– Amplía el concepto de amor: en nuestro intento por alejar la idea de muerte, nos alejamos también del dolor, de la tristeza, pero tanto el placer como el dolor guían nuestras acciones, nos aleja por tanto de la experiencia del acompañamiento, de estas cerca de otro en momentos difíciles, nos aleja al fin y al cabo de la experiencia de amar.

Todo lo dicho hasta ahora nos lleva a concluir que la educación, en tanto en cuanto, persigue contribuir a la formación integral de la identidad de la persona puede y debe incluir la normalización de la muerte.